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Sinopsis:
Antes, las personas morían por causas naturales. Existían asesinos invisibles llamados enfermedades, el envejecimiento era irreversible y se producían accidentes de los que no se podía regresar. Ahora, todo eso ha quedado atrás y sólo perdura una verdad muy simple: la gente tiene que morir. Y esa es la tarea de los segadores. Porque en un futuro donde la humanidad controla la muerte, ¿quién decide cuándo y cómo sembrarla? Citra y Rowan acaban de ser seleccionados como aprendices de segadores. ¿Su objetivo? Superar las pruebas de su mentor, sean las que sean. Aunque en el proceso renuncien a todo lo que les hace humanos.
Me ha gustado mucho este libro. Es una distopía interesante que parte de lo contrario que la mayoría: la IA ha evolucionado y, en contra de lo que suele ocurrir en otras historias, se encarga de cuidar de la humanidad con total eficiencia. Como eso ha implicado que la gente no se muera, ha surgido un nuevo trabajo: los segadores, que se encargan de cribar a la gente (no la asesinan ni la matan porque es un trabajo, algo reglado. De nuevo, vemos la importancia de las palabras).
Es curioso como uno pasa de ver al segador como el malo de la película a comprenderle totalmente. Los protagonistas no tienen nada que ver con él y, sin embargo, van cambiando su forma de pensar a la vez que lo hacemos también nosotros. Y es que este libro muestra muy bien como no es lo mismo estar en un lado de la situación o en otro, y que los dos tienen sus dilemas, no es todo tan sencillo.
El segador Goddard es odioso, qué asco de tío. Pero estaba claro que todos los segadores no podían ser buenos y justos... Aun así, me irrita mucho que haya quienes le sigan la corriente y que los demás no les frenen. Así es la vida, en realidad.
El final me ha gustado mucho. Me esperaba lo de Faraday pero no me esperé lo que haría Rowan ni tampoco como se comportaría Citra en la prueba final. Como me gusta que me sorprendan, esto fue un punto a favor.
Seguiré con la trilogía.

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